La Alpujarra
La Alpujarra Y allí está, y ha de estar hasta la consumación de los siglos, el misántropo Rey moro; y desde allí puede ver a un tiempo mismo (con los ojos de los poetas, se entiende) a Granada por una parte, conservando todavía la Alhambra y el Generalife, y por la otra, allende el mar, la cordillera del Atlas, que es la Sierra Nevada, del Imperio de Marruecos.
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Pero a todo esto la Vega se nos acababa: hacía rato que habíamos pasado el río Dílar y cruzado por el alegre pueblo de Alhendín: la Diligencia emprendía el ascenso a unas lomas estériles y mansas; y la Sierra no nos presentaba ya su frente, sino que huía por nuestra izquierda, como un ejército derrotado, dejándonos paso libre al mediodía…
Ibamos, pues, a salir del horizonte granadino por el ya mencionado otero del Suspiro del Moro…
No había tiempo que perder. Era necesario abandonar al padre para acudir al hijo; esto es: era necesario olvidar a MULEY HACEM para acordarse de BOABDIL.
Cuando pasamos por la Venta del Suspiro del Moro eran las diez menos algunos minutos.
Estábamos a dos leguas y media de Granada.
