La Alpujarra
La Alpujarra Sí, señor: en aquella inolvidable casa, de aspecto señoril y solariego; en el carácter serio y cordial de la tertulia que allí se reunió; en lo que, del pueblo habíamos visto; en lo áspero y tempestuoso de la noche; en lo repuesto y clásico de la mesa a que nos sentamos; en las tradicionales complacencias que allí compartimos; en lo que se hablaba, en lo que se callaba, en lo que se sentía, en todo, finalmente, había un sabor tan latino, tan católico, tan español, tan castellano, tan castizo, que acabó por olvidársenos que estábamos en la morisca Alpujarra, y que jamás hubiese habido árabes en la Península, y que hubiera existido en la Meca un impostor llamado MAHOMA…; para no acordarnos más que de condes y obispos, de ricos-homes y ricas-hembras, de catedrales y castillos góticos, de conventos y abadías, de yelmos y lanzas, de gregüescos y gabanes, de ropillas y ferreruelos, de capas y espadas, de casacones y sombreros de tres picos, de morriones y petis, de ponchos y roses…; de España, en fin, limpia de sangre mora ni judía.
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Por lo demás, y descendiendo a hechos reales, en mi cartera de viaje encuentro hoy los siguientes datos relativos a Murtas, recogidos aquella tarde, y aquella noche, y otras noches y otras tardes que más adelante pasamos allí: