La Alpujarra
La Alpujarra «Pero yo no debía revelar al público estos secretos, ni disminuir con tales reflexiones la importancia de mi viaje».
Lo mismo digo hoy; —y ateniéndome a esta última observación, y para que volváis a venerar la Sierra alpujarreña, agregaré ahora: que, aunque finita, su altura casi dobla la del Guadarrama[53], tan respetado por los matritenses—; y que, ya que no de otra cosa, el Mulhacén y el Veleta pueden jactarse de que (según ya he dicho varias veces) ni en el resto de España ni en el resto de Europa haya otros montes tan altos como ellos, fuera de sus progenitores los Alpes… Algo es algo.
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Por lo demás, y volviendo a nuestra contemplación, los titanes de hielo de la Alpujarra no gozaban aquella mañana en su encumbrado solio de toda la seguridad que pudiera suponerse…
Lejos de eso, ¡en qué se veían de tener a raya a los pueblos que se les subían a las barbas por todas partes, sin consideración alguna a la nieve de los siglos!
Sobre todo, a orillas del consabido Barranco de Poqueira la cosa parecía muy formal…; bien que al propio tiempo ofreciera un aspecto muy cómico, según que ya habíamos observado más detalladamente desde el Puerto de Jubiley…