La Alpujarra

La Alpujarra

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Y digo etc., etc., en razón a que ya hablaremos de cada cosa en su lugar respectivo.

Contentémonos ahora con saber que en el Padul inaugurábanse tímidamente todos los encantos de aquel nuevo paraíso, ¡digno prólogo de la selvática Alpujarra! La naturaleza, inmortal artista, seguía complaciéndose en ofrecernos transiciones y contrastes.

Y, sin embargo, la imaginación tenía también tristezas que evocar en aquella tierra de delicias. El Valle de Lecrin chorrea sangre de cristianos y agarenos. Diríase que todos sus pueblos actuales son los humeantes escombros de otros pueblos incendiados.

Sin ir más lejos, aquella misma villa de Padul fue totalmente despoblada y quemada por los moriscos, como un reducto peligroso, después de habérsela ganado a los cristianos en una recia batalla dada a sus puertas.

De modo que sus presentes moradores, aquellos que fijaban en nosotros y en la diaria novedad de la Diligencia una tranquila mirada, como diciéndonos: «También esto es mundo, aunque para ustedes sea un trámite», no eran descendientes ni de los vencidos ni de los vencedores en las refriegas de la Conquista y de la Rebelión. Eran, sí, nietos de los que, nacidos en otras comarcas, se establecieron como colonos en la región de las ruinas…


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