La Alpujarra
La Alpujarra El Monumento no estaba todavía armado, pero ya se veían por el suelo algunos preparativos para su composición; y en cuanto a los Sagrados Oficios del día, tardarían aún tres o cuatro horas en principiar. Ardía, con todo, pendiente del techo de aquella pobre nave, la lámpara de aceite que denota la continuidad del culto en los templos de que no se han incautado los revolucionarios de este insensato siglo; y aquello fue bastante para que rezásemos allí la PRIMERA ESTACIÓN, confiando en que nuestra calidad de viajeros influiría para que el Todopoderoso acogiese unas oraciones tan anticipadas.
Con lo cual montamos a caballo, y partimos.
En aquel instante salía el Sol por el llano del Laujar.
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Pange lingua…
Era el Sol del Jueves Santo, del día más grande de la Iglesia; día de tanto gozo, de tanta majestad, de tanta gala como el del Corpus; día en que los sacerdotes y los altares se despojan de sus crespones de duelo, a pesar de conmemorarse también la prisión de JESÚS, y visten de blanco, para solemnizar la Institución de la EUCARISTÍA, que, según el Apóstol, «es la misma blancura de la luz eterna de la Gloria».