Bajo las lilas

Bajo las lilas

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Ben la escuchó con serenidad pensando que, desde que Melia muriera, nadie lo había llamado así.

—El alcalde ha tenido noticias de tu padre por intermedio de esta carta que le enviara el señor Smithers

—¡Hurrah!… ¡Por favor!… ¡Dígame en seguida!… ¿Dónde está papá? —gritó el muchacho deseando apoderarse de la carta que la señorita Celia conservaba entre sus manos sin hacer ademán de ofrecérsela. Ella había bajado la cabeza y miraba a Sancho como si quisiera pedirle ayuda.

—Fue en busca de los potros y los envió al este. Pero él no pudo regresar.

—Supongo que habrá seguido viaje… Recuerdo que dijo que iría hasta California y que cuando llegara me mandaría a buscar. Me gustaría ir allá. Dicen que es una hermosa región.

—Tu padre ha ido más lejos aún, a un lugar más hermoso —y los ojos de la señorita Celia se elevaron hacia el cielo, donde comenzaban a aparecer algunas estrellas.

—¿Por que no me ha mandado a buscar? ¿Adónde ha ido? ¿Cuándo volverá? —preguntó Ben ansiosamente, pues había percibido un temblor en la voz de la joven cuyo significado no comprendió pero presintió.

La señorita Celia lo abrazó y le dijo con ternura:


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