Bajo las lilas
Bajo las lilas El tono con que la señorita Celia pronunció las últimas palabras al mismo tiempo que apoyaba ambas manos sobre los hombros del niño hizo que éste levantara vivamente hacia ella el rostro que el orgullo habÃa teñido de rubor.
—La mamá de las niñas debe también participar de la fiesta. Tomen algunas de estas cosas y lleven también la muñeca a pasar la noche con ustedes. Está tan dormida que da pena despertarla. Adiós. Hasta mañana, mis pequeñas vecinas —concluyó la señorita Celia despidiendo a las niñas con un beso.
—¿No viene Ben con nosotras? —preguntó Bab mientras Betty caminaba como enajenada llevando en brazos a su enorme y querida amiga, cuya cabeza se balanceaba sobre su hombro.
—Aún no. Tengo muchas cosas que arreglar con mi nuevo ayudante. DÃganle a su mamá que Ben irá dentro de un rato.
Partieron las niñas con un plato lleno de dulces y cuando la señorita y el muchacho quedaron solos se sentaron ambos en la amplia escalinata. La señorita Celia sacó las cartas; una ligera sombra se extendió sobre su rostro, tan ligera como esa sombra que, al atardecer, cubre el campo envolviéndolo todo con un manto silencioso y quieto.
—Ben, querido, tengo que decirte algo —comenzó ella lentamente.