Bajo las lilas

Bajo las lilas

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Los ojos de la señora Moss se llenaron de lágrimas al ver la rústica cinta negra y comprender por qué la llevaba Ben, pero no pudo evitar una sonrisa al descubrir el simbólico trapo negro que colgaba del cuello del perro. Sin embargo, nada dijo para no afligir al muchacho, a quien aquella demostración de su duelo parecía consolar. Ben salió a cumplir sus tareas, consciente de haberse convertido en el centro de interés de sus amigos, en especial de Bab y Betty, quienes, advertidas de la pérdida experimentada por el niño, lo miraban con una mezcla de piedad y admiración que a aquél le resultaron muy gratas.

—Quisiera que me llevaras a la iglesia. Va a hacer mucho calor y Thorny no está bastante fuerte aún como para aventurarse a salir —dijo la señorita Celia cuando Ben se presento ante ella, después del desayuno para preguntarle si tenía algo que hacer. Porque consideraba que ella era su ama, aun cuando tuviera que aguardar hasta el día siguiente para hacerse cargo de las nuevas obligaciones que se había impuesto.

—Con mucho gusto, señorita, si usted cree que puedo ir así —contestó Ben contento de que le pidieran algo aunque inquieto también al recordar cómo se vestía la gente en aquellas ocasiones.


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