Bajo las lilas
Bajo las lilas —Podrás ir después que yo te haya arreglado un poco. Dios no mira la, ropa. Para Él son tan bien venidos los pobres como los ricos. ¿Tú no has ido nunca a la iglesia? —preguntó la señorita Celia que ansiaba ayudar al niño aunque sin saber como hacerlo.
—No, señorita. Nuestra gente iba muy rara vez y papá estaba tan cansado los domingos que los dedicaba al reposo o me llevaba a pasear al bosque.
Un ligero temblor sacudió la voz de Ben. Con un rápido movimiento echo el sombrero hacia adelante para ocultar sus ojos bajo el ala, pues el recuerdo de aquellas horas hermosas que no volverÃa a vivir fue demasiado doloroso para él.
—Me parece que es ésa una excelente manera de descansar. Yo la he puesto en práctica a menudo. Esta misma tarde iremos también nosotros al bosque. Pero de mañana me agrada ir a la iglesia; tengo la sensación de que eso me ayuda a estar bien durante el resto de la semana. Y si se tiene una pena, es allà adonde se debe ir a buscar consuelo. ¿Quieres venir y comprobar si lo consigues, querido Ben?
—Haré todo lo posible para complacerla —murmuró Ben sin levantar la vista porque, aunque la bondad de la joven le llegaba hasta el fondo del corazón, deseaba que, por un tiempo, nadie hablara de su padre. Era difÃcil contener las lágrimas y no querÃa que lo tomaran por un nene.