Bajo las lilas

Bajo las lilas

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—Se parece a nuestro perro de lanas, ¿verdad? —susurró Betty haciéndose lo más pequeña posible tras de su valiente hermana.

Y así era en efecto, porque aunque más grande y sucio que el perrito de juguete, ese perro vivo tenía igual que aquél una borla en la punta de la cola, largos pelos en las patas y el cuerpo la mitad pelado y la mitad peludo. Pero sus ojos no eran negros y brillantes como los del otro sino amarillos, su nariz roja husmeaba descaradamente como si se tratara de descubrir dónde había más torta. Y por cierto que el lanudo perrito de juguete que descansaba sobre la repisa de la sala jamás había hecho las pruebas con las cuales el extraño animal se disponía a aumentar el asombro de las dos niñas.

Se sentó primero y alargando las patas delanteras pidió limosna con toda gentileza. En seguida levantó las patas traseras y caminó con gracia y facilidad sobre las delanteras. No habían vuelto las niñas aún de su asombro cuando ya el animal bajaba las patas y levantando las manos desfilaba con aire marcial imitando a un centinela. Pero la exhibición culminó cuando el animal, tomándose la cola con los dientes, bailó un vals pasando sobre las muñecas y yendo hasta el portón y regresando otra vez.


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