Bajo las lilas
Bajo las lilas Tonos se mostraron muy buenos con Ben cuando conocieron su desgracia. El alcalde escribió al señor Smithers que Ben había encontrado nuevos amigos y que se quedaría donde estaba. La señora Moss lo consoló con afecto maternal y las pequeñas hicieron cuanto estaba al alcance de ellas para ser «amables con el pobrecito Ben». Pero su verdadero consuelo fue la señorita Celia, quien ganó por entero su corazón, no sólo a causa de las amistosas palabras que le dirigía o por las cosas que por él hacía, sino, sobre todo, por la simpatía que le demostraba a toda hora, en los momentos precisos, a través de una mirada, con una caricia o una sonrisa, mucho más eficaces, por cierto, que cualquier palabra de condolencia. Ella lo llamaba «mi hombrecito» y Ben procuraba serlo soportando su dolor con tal entereza que, no obstante ser un niño aún, inspiraba respeto a su amiga; porque Ben era toda una promesa para el futuro.
Por otra parte en aquel entonces, ella se mostraba siempre tan alegre que resultaba imposible para quienes vivían a su lado sentirse tristes, y muy pronto Ben volvió a estar contento, pues escondió su pena y guardó el recuerdo de su padre en un rincón oculto del corazón. No habría sido un verdadero niño si no se hubiera sentido dichoso en ese hermoso lugar donde, por primera vez, experimentaba la sensación de que tenía un hogar.