Bajo las lilas

Bajo las lilas

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¡Basta de arrancar malezas!… Sus tareas ya no lo cansaban ni aburrían, pues eran variadas y livianas. Por fin no veía más la cara desagradable del malhumorado Pat, sino que podía contemplar el suave rostro de la señorita Celia, de cuyos labios siempre brotaban palabras de elogio gracias a las cuales cualquier trabajo parecía agradable.

Al principio se creyó que iban a surgir dificultades entre los dos niños, ya que Thorny era autoritario por naturaleza y a causa de la enfermedad que lo había dejado débil y nervioso a veces se mostraba despótico e imperativo. A Ben le habían enseñado a obedecer sin protestar a las personas mayores que él, y si Thorny lo hubiese sido no habría hecho cuestiones, pero resultaba duro tener que obedecer continuamente a un muchacho y, sobre todo, a un muchacho tan caprichoso como aquél.

Sin embargo, una sola palabra de la señorita Celia alejaba de inmediato las tormentas. Por cariño a ella su hermano prometía ser paciente y Ben declaraba que no se enfurecería aunque el señorito Thorny lo molestara. Y así, muy pronto, ambos niños se olvidaban, uno, de que era el amo, y el otro de que era un «hombrecito»; vivían en paz como dos camaradas, se disculpaban mutuamente su mal carácter y encontraban gran placer y provecho en su recíproca amistad.


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