Bajo las lilas
Bajo las lilas No tenían nunca fin las innumerables cosas agradables que Ben debía hacer: mantener bien cuidados los senderos y canteros de flores, dar de comer a los animales, hacer los mandados, atender a Thorny y representar el papel de hombre de confianza de la señorita Celia. En la vieja casona ocupaba una habitación que acababan de empapelar con escenas de caballería que Ben no se cansaba de admirar. En el armario colgaban varios trajes usados de Thorny, arreglados, para que pudiera usarlos su pequeño valet. Pero lo que más le gustaba a Ben era un par de botas bien lustradas que usaba en las grandes ocasiones, cuando montaba, por ejemplo, a las que agregaba una espuela que encontrara en la bohardilla y que, bien lustrada, sólo le servía para completar su atavío, ya que nunca la usaría para espolear a Lita.
Muchas láminas y fotografías de carreras, pájaros y toda clase de animales colgaban de las paredes, con lo que la pieza había adquirido un aspecto de circo. Eso era lo que había hecho que su dueño se sintiera en ella como en su propio hogar. Dueño de todas esas cosas, Ben se consideraba inmensamente rico y respetable, casi le parecía que era un empresario retirado que recordaba con placer pasados éxitos sin dejar por eso de sentirse feliz con su nueva vida más tranquila.