Bajo las lilas
Bajo las lilas —¿Se enojarán si los acaricio? —preguntó Bab dispuesta a pasar su mano a través de los barrotes dándole a Ben tiempo justo para que le pegara un tirón de la falda y le impidiera asà cometer esa locura.
—No se te ocurra acercarte porque te arrancarán la mano. Los tigres ronronean cuando están satisfechos y contentos, pero nunca son mansos y gruñen constantemente —explicó Ben. Luego se abrió paso en dirección al sitio donde los gibosos camellos con una expresión triste en los ojos que parecÃa indicar cuánto añoraban el amplio desierto, rumiaban pacÃficamente.
Apoyado contra las sogas, mordiendo con displicencia una paja Ben parecÃa el empresario de aquel circo. Pero el agudo relincho de un caballo lo saco de aquella posición y le recordó que adentro los aguardaban maravillas superiores.
—Es mejor que nos apuremos a entrar para conseguir buena ubicación. La gente comienza a amontonarse. Quiero estar cerca de la entrada de los artistas para ver si descubro a alguno de los hombres de Smithers.
—Yo prefiero no sentarme por allà porque no se ve bien y además el tambor hace tanto ruido que no nos dejará oÃr nada —dijo Sam cuando se les reunió.