Bajo las lilas

Bajo las lilas

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—Pégame otra vez, si quieres. Sé que procedí mal al atar y abandonar luego a Sancho. No lo haré más. Estoy tan arrepentida que no sé qué hacer —respondió Bab completamente vencida por la generosidad y bondad de Ben.

—No te preocupes. Límpiate la cara y sigamos viaje. Le contaremos todo a tu mamá y ella nos dirá qué debemos hacer. Tal vez Sancho haya llegado a casa antes que nosotros.

Así procuraba Ben darse ánimos y alegrar a Bab con la esperanza de encontrar al perro.

—No creo que pueda seguir caminando. Estoy muy cansada, y las piernas se niegan a llevarme. Además, el agua que tengo dentro de los zapatos los hace muy pesados. Quisiera que ese muchacho que viene por allí me llevara un trecho en su carretilla. ¿Crees que se negará? —preguntó Bab levantándose pesadamente al mismo tiempo que aparecía un muchachón alto arrastrando una carretilla desde un corral cercano.

—¡Hola, Joslyn!… —saludó Ben reconociendo al muchacho que era uno «de los amigos de la loma» quien bajaba los sábados al pueblo a jugar o a hacer algún mandado.

—¡Hola, Brown!… —respondió el otro deteniendo la marcha, sorprendido al verlos en tan deplorable estado.

—¿Adónde vas? —preguntó Ben con parquedad.


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