Bajo las lilas
Bajo las lilas Pero, evidentemente, éste no lo había olvidado, porque, aunque se detuvo y las miro ansiosamente, no se acerco y permaneció parado bajo la lluvia, manchado de barro, moviendo con lentitud el pompón de la cola y dirigiendo la punta de su rosada nariz hacia donde estaban, ya vacías, las canastas de la merienda.
—Tiene hambre; dale algo de comer así se convencerá de que no queremos hacerle daño —sugirió Sally ofreciéndole ella misma su último trozo de pan con manteca.
Bab tomo su cesta vacía y recogió todas las sobras y restos de comida; luego trató de convencer a la pobre bestia para que entrara a comer y a buscar un poco de consuelo. Pero el perro sólo se acercó hasta la puerta y sentándose sobre sus patas traseras suplicó con ojos tan conmovedores que Bab dejo en el suelo el canastito y retrocediendo unos pasos dijo:
—¡Está muerto de hambre!… Dejemos que coma tranquilo todo lo que quiera.