Bajo las lilas
Bajo las lilas La perspectiva de tan extraordinaria excursión calmó el desconsuelo de las pequeñas, y para allá salieron saltando alegremente por el arenoso sendero mientras la señora Moss las seguÃa recogiéndose la falda con una mano y llevando en la otra un gran manojo de llaves. Ellas vivÃan en el pabellón de entrada, y la señora tenÃa a su cargo el cuidado de la casa grande.
La puerta pequeña de la cochera estaba cerrada por dentro, pero la principal tenÃa un candado que fue abierto rápidamente para permitir que las niñas entraran. Tal era la curiosidad y ansiedad que las embargaba, que ni siquiera atinaron a lanzar una exclamación cuando se encontraron dueñas del viejo coche que tanto habÃan deseado. El carruaje se hallaba polvoriento y mohoso, pero tenÃa un asiento alto, una puertecilla, una escalerilla y varios detalles más que a los ojos de las niñas superaban todas las maravillas imaginables.
Bah se dirigió derecho al pescante y Betty a la portezuela, pero ambas descendieron más rápido de lo que habÃan subido al oÃr un ladrido que salÃa del interior del coche y una voz muy baja que decÃa:
—¡Quieto, Sancho!… ¡Quieto!…
—¿Quién está allÃ? —preguntó la señora Moss con acento autoritario mientras retrocedÃa en dirección a la puerta con ambas niñas colgadas de sus faldas.