Bajo las lilas
Bajo las lilas Una cabeza blanca, lanuda y bien conocida apareció por la ventanilla rota y emitiendo un suave quejido pareció decir:
«No se alarmen, señoras; no les liaremos daño».
—¡Sal en seguida si no quieres que vaya a buscarte!… —ordenó la señora Moss súbitamente envalentonada al ver que por debajo del coche asomaba un par de pequeños zapatos polvorientos.
—SÃ, señora saldré tan pronto como pueda… —respondió una voz, humildemente, cuyo dueño resultó ser un atado de harapos que surgió de la oscuridad seguido del perro, el cual se sentó a los pies de su ama, en actitud vigilante como si quisiera decir que saltarÃa sobre cualquiera que osase acercarse demasiado.
—¿Me dirás quién eres y cómo llegaste hasta aquÃ? —inquirió la señora Moss procurando hablar con severidad, aunque su mirada reflejaba una gran piedad al posarse en la triste figura que tenÃa delante de sÃ.