Bajo las lilas

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—Pues, ¡es claro que sí!… Pero ¿por qué te escondiste? —inquirió Bab.

—No podía presentarme con esta facha —murmuró Ben, mirando sus andrajos con ganas de desaparecer en las profundidades del coche.

—¿Cómo entraste aquí? —preguntó la señora Moss, recordando de pronto su responsabilidad.

—Oí a las niñas hablar de una enredadera que cubría una ventanita del cobertizo, y cuando ellas se alejaron la busqué y entré. El vidrio está roto de modo que lo único que hice fue descorrer el pestillo. Le aseguro que no he hecho nada malo durante las dos noches que he dormido aquí. Estaba tan fatigado que no logre continuar mi camino a pesar de haberlo intentado el domingo.

—¿Volviste aquí?

—Sí, señora. Se estaba muy mal bajo la lluvia mientras que este lugar era casi tan acogedor como una casa. Además, oí conversar a las niñas y Sancho me conseguía algo de comer. Estaba muy cómodo…

—¡Por Dios!… —articuló la señora al mismo tiempo que levantaba una punta del delantal para secarse los ojos, porque la idea de que aquel pobre niño desamparado había pasado dos noches con el pasto por lecho y sin más alimento que los restos de comida que le conseguía el perro le destrozaba el corazón.


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