Bajo las lilas
Bajo las lilas —Estaba tan cansado que no pude proseguir mi camino, y se me ocurrió que la gente de la casa grande podrÃa darme algún trabajo. Pero el portón estaba cerrado y yo me hallaba tan desesperado que me dejé caer por allà afuera sin pensar en nada más.
—¡Pobrecito, me imagino tu estado!… —murmuró la señora, mientras las niñas contemplaban al muchacho profundamente interesadas al oÃrle mencionar el portón de ellas.
El niño suspiró profundamente y sus ojos brillaron en tanto que proseguÃa su relato; por su parte el perro paró las orejas cuando oyó que lo mencionaban.
—Mientras descansaba oà que alguien entraba, me asomé y vi a estas dos niñas jugando. Confieso que deseé las cosas que ellas traÃan, pero yo no toqué nada; fue Sancho el que me trajo la torta.
Bab y Betty dieron un respingo y miraron con expresión de reproche al lanudo animal el cual entrecerró los ojos con gesto humilde pero lleno de picardÃa.
—¿Y tú se la hiciste devolver? —indagó Bab.
—SÃ.
—¿Y fuiste tú quien estornudó? —agregó Betty.
—SÃ.
—¿Y luego dejaste las rosas? —gritaron ambas.
—SÃ; y a ustedes les, gustaron, ¿verdad?