Bajo las lilas

Bajo las lilas

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Al comprobar con cuánto afán los niños buscaban nuevos relatos, a la señorita Celia se le ocurrió mandar un cajón de libros —nuevos y usados— a la biblioteca del pueblo que estaba muy poco surtida, como ocurre con todas las bibliotecas de las pequeñas ciudades. Esta donación produjo muy buen efecto, y otras personas buscaron y enviaron cuantos volúmenes hallaron que trataran del mismo asunto. De modo que muy pronto, los polvorientos estantes de la pequeña sala ubicada detrás del correo se vieron asombrosamente colmados de libros.

Como llegaban en vacaciones fueron recibidos con mayor entusiasmo y tanto los libros con relatos de antiguos viajes como los de historias modernas eran leídos con placer por la gente joven que disponía de mucho tiempo para dedicarlo a la lectura.

El éxito de ese primer ensayo en pro del bien público, complació a la señorita Celia y le sugirió otros medios de ayudar a la tranquila ciudad que parecían estar aguardando que ella lo pusiese en práctica. A pocos habló de sus proyectos, a excepción de aquel amigo lejano, y muchos planes trazó en silencio para ir realizándolos poco a poco.



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