Bajo las lilas

Bajo las lilas

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—Vamos, vamos a casa. Corran niñas adelante, pongan el resto del caldo a calentar y llenen la pava de agua. Yo me ocupare del muchacho —ordenó la señora Moss. En seguida tomó el pulso a aquella nueva carga que acababa de echarse encima, pues de pronto se le ocurrió que el niño podría estar enfermo y que entonces sería peligroso llevarlo a casa.

La mano que tomó era escuálida pero limpia y fresca, y los ojos oscuros, aunque rodeados de profundas ojeras, brillaban sanos. Lo único que tenía el niño era que estaba medio muerto de hambre.

—Estoy harapiento, pero limpio. Anoche me di un baño bajo la lluvia, y estos últimos días he vivido casi permanentemente debajo del agua —explicó el niño, extrañado de que la señora lo observara con tanto cuidado.

—Saca la lengua…

Él obedeció, pero en seguida la escondió para decir precipitadamente:

—No estoy enfermo. Sólo tengo hambre. Durante estos tres días no he comido más que lo que Sancho me traía y compartiéndolo con él, ¿no es cierto, Sancho?


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