Bajo las lilas

Bajo las lilas

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El perro ladró repetidas veces y se paseó nerviosamente entre su dueño y la puerta como si comprendiera cuanto pasaba y quisiera recomendar que saliesen en seguida en busca del alimento y el abrigo prometidos. La señora Moss adivinó la insinuación y rogó al muchacho que la siguiera y llevara consigo todas sus cosas.

—No tengo nada que llevar. Unos hombres me robaron mi atado de ropa. Por eso me encuentro en este estado. Lo único que guardo es esto. Lamento que Sancho le tomara; yo lo habría devuelto de buena gana si supiese de quién es —y mientras hablaba sacó del fondo del coche la nueva cesta de las niñas.

—Eso tiene arreglo: es mía. Me alegro de que fueran para ti los restos de comida que consiguió tú perro. Y ahora vamos, debo cerrar —la señora Moss hizo sonar significativamente el manojo de llaves.

Ben salió renqueando y apoyándose en el mango de una azada rota, pues sus miembros estaban entumecidos de vivir en la humedad y su cuerpecito rendido por la fatiga de tantos días de vagar por esos caminos bajo el sol y la lluvia. Sancho mostraba gran alegría, pues adivinaba que tanto las penas como las fatigas tocaban a su fin, y brincaba alrededor de su amo ladrando de contento o bien se restregaba contra los tobillos de su benefactora quien gritaba: «¡Fuera! ¡Fuera!» y se sacudía la falda como lo hacía para espantar al gato o las gallinas.


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