Bajo las lilas

Bajo las lilas

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Después de que se realizara la gran fiesta, Sam volvió a su antiguo placer de atormentar a Ben llamándole con sobrenombres ofensivos y, como no le costaba nada inventar motes ridículos, los pensaba para dirigírselos en los momentos durante los cuales más podía molestarlo. Ben soportaba como mejor podía al fastidioso muchacho, pero al fin y como les sucede siempre a los que saben tener paciencia, la fortuna se puso de su parte y pudo poner freno a su atormentador.

Tan pronto como las niñas demolían la pila de leños, festejaban el triunfo usando sus peines como flautas y sus jarros como tambores y los muchachos, a su turno, silbaban y tamborileaban con palos en la pared del cobertizo. Billy trajo su tambor y a Sam se le ocurrió revolver la casa hasta encontrar un tambor viejo de su hermana para unirse a la banda. Pero no tenía los palillos y pensó hacerlos con unos juntos.

«Me servirán a las mil maravillas, si puedo conseguirlos», se dijo saliendo del camino que conducía a su casa para ir a buscarlos.




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