Bajo las lilas

Bajo las lilas

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Muy pocos pasaban por esos lugares y el sol comenzaba ya a ocultarse. La terrible perspectiva de tener que pasar una noche en el pantano le dio brío para hacer un nuevo esfuerzo y tratar de refugiarse en el islote de juncos que estaba más cercano que la orilla. Pero fracasó y se vio forzado a quedarse prendido de una prominencia que bien podían ser los cuernos de «la pobre vaca» cubiertos de musgo. Por último se quedó quieto y comenzó a pedir auxilio a gritos y en todos los tonos que puede modular la voz humana. Gritos, aullidos y gruñidos como aquellos jamás se habían oído por esos solitarios pantanos y asustaron a la grave rana que residía allí en un tranquilo refugio.

Sam no esperaba más respuesta que el graznido del cuervo que sentado sobre una cerca lo observaba con interés y cuando un alegre «¡hola!, ¿quién está allí?» llegó desde el camino se sintió tan contento que dos gruesas lágrimas rodaron por sus rollizas mejillas.

—¡Acércate! ¡Soy yo que estoy en el pantano! ¡Dame una mano y ayúdame a salir!… —gritó Sana esperando ansiosamente que apareciera su salvador porque hasta ese momento sólo había podido divisar un sombrero que surgía y se escondía entre los avellanos que crecían a los lados del camino.


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