Bajo las lilas

Bajo las lilas

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Los pasos se acercaron entre los árboles y entonces, por sobre el cerco, apareció una figura muy conocida que hizo dar ganas de sumergirse en el barro al pobre Sam para desaparecer de su vista. Porque de todos los muchachos conocidos, el último que hubiera deseado que lo viese en esas lastimosas condiciones era aquél, Ben.

—¿Eres tú, Sam? Estás en el lugar que te corresponde —y los ojos de Ben comenzaron a brillar con travieso fulgor, pues el espectáculo que ofrecía Sam hubiese divertido a la persona más formal.

Prendido de aquella saliente, las piernas encogidas en el barro, el rostro desmayado, salpicado de lodo y la mitad del cuerpo que tenía fuera, negra, como si la hubiese sumergido en un tintero, ofrecía un aspecto tan dolorosamente cómico que Ben se puso a bailar y a reír a su alrededor como un alegre fuego fatuo que conduce a un viajero por caminos extraviados y luego le hace bromas.

—¡Basta ya o te arrancaré la cabeza!… —rugió Sam furioso.

—Sal y hazlo. Aquí te espero —respondió Ben fingiendo aprontarse para pelear mientras el otro hacía esfuerzo para no caerse de su percha.

—No te rías. Sé bueno y sácame de algún modo o me moriré aquí, en medio de esta fría humedad —lloriqueó Sana cambiando de tono y dándose cuenta de que era Ben quien dominaba la situación.


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