Bajo las lilas
Bajo las lilas —Me quedaré y como estoy muy fatigado, pido permiso para retirarme ya —contestó el nuevo huésped. Luego, y como si el recuerdo de lo bien que habÃan tratado a su pobre muchachito sin hogar se apoderase de su corazón, el señor Brown se detuvo en la puerta para decir precipitadamente poniendo ambas manos sobre las cabezas de Bab y Betty en actitud de hacer una formal promesa:
—No olvidaré sus amabilidades, señora, y estas niñas no tendrán amigo mejor mientras viva Ben Brown.
Luego cerró la puerta con tal presteza que no escuchó el ansioso, «¡Escucha!», que le dirigió el otro Ben.
—Supongo que habrá querido decir que nosotros tendremos una parte de Ben como éste tuvo una parte de nuestra mamá —comentó Betty sencillamente.
—Eso es, ¿no crees que es un señor muy bueno, mamá? —exclamó Bab entusiasmada.
—¡Vayan a dormir, niñas!… —fue la respuesta de la mamá. Pero cuando las pequeñas se hubieron alejado y mientras lavaba las tazas de té la señora Moss miró mes de una vez en dirección a cierta percha donde desde hacÃa cinco años no se colgaba ningún sombrero de hombre y pensó qué aspecto natural y qué aire protector emanaba de aquel sombrerete que colgaba en esos momentos de la percha.