Bajo las lilas

Bajo las lilas

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—Has hecho bien, hijo. Estoy contento contigo. No seas nunca ingrato con los que te han hecho bien si quieres prosperar. Visitaré la caballeriza el lunes Y veré qué se puede hacer. Debo marcharme, pero volveré mañana por la mañana si usted me permite que lleve a pasear a Ben. Me gustaría pasar el domingo con él para que conversemos, ¿no te parece, hijito? —Y el señor Brown, que se había puesto de pie para partir, apoyó una mano sobre el hombro de Ben como si le costara separarse de él por una noche. La señora Moss se dio cuenta de eso y olvidando que el hombre era aún un desconocido, dejó hablar a su corazón bondadoso, que dijo:

—El camino hasta la posada es largo y tenemos una piecita desocupada en el fondo. No me producirá ninguna molestia, y si a usted no le incomoda pasar la noche en un lugar tan estrecho, puede quedarse.

El señor Brown se mostró complacido, pero vaciló antes de aceptar otro favor de aquella gentil señora que tanto había hecho por ellos. Pero Ben no le dio tiempo para responder, porque, corriendo hacia la puerta, la abrió de par en par y haciéndole señas con la mano le dijo ansiosamente:

—¡Quédate, papá!… ¡Será muy hermoso tenerte aquí!… Es un lindo cuarto. Yo pasé allí la primera noche y la cama me resultó muy cómoda después de dormir quince días en el suelo.


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