Bajo las lilas
Bajo las lilas —Papá fue siempre muy bueno conmigo y a mà me gusto ir a vivir con el después que abuelita murió. Estuve con ella hasta que cumplà siete años; luego papá me llevó consigo y me enseñó a montar. Hubieran tenido que verme entonces todo vestido de blanco, con un cinturón dorado, subido sobre las hombros de papá o colgado de la cola del viejo General que galopaba veloz mente o bien, siempre conmigo sobre los hombros papá conducÃa dos o tres caballas mientras yo agitaba unas banderas y la gente aplaudÃa delirante de entusiasmo.
—¡Oh!… ¿No te morÃas de miedo? —preguntó Betty temblando de sólo pensar en aquello.
—¡Qué esperanza!… ¡A mà me gustaba hacerlo!
—También a mà me hubiera gustado… —exclamó Bab entusiasmada.
—Luego aprendà a conducir los cuatro «ponnies» que tiraban de una pequeña carroza cuando desfilábamos —continuó Ben— o me sentaba sobre el gran globo que llevaba en el techo el gran carro arrastrado por Hannibal y Nero. Pero eso no me gustaba; el globo estaba muy alto y se sacudÃa mucho, el sol demasiado fuerte, los árboles me golpeaban el rostro y las piernas me dolÃan de tenerlas recogidas.
—¿Quiénes eran Hannibal y Nero? —preguntó Betty.