Bajo las lilas
Bajo las lilas —Los grandes elefantes. Papá no permitÃa que me sentaran allà arriba y no se atrevieron a hacerlo hasta después que él se hubo marchado. Entonces tuve que obedecer, si no me castigaban.
—¿Nadie te defendÃa? —interrogó la señora Moss.
—SÃ, señora; casi todas las mujeres me protegÃan. Eran muy buenas conmigo, especialmente Melia. Ésta juró que no saldrÃa a escena si me golpeaban, porque yo me negaba a ayudar al viejo Buck a cuidar los osos. De modo que tuvieron que dejarme tranquilo porque entre las mujeres no habÃa quien pudiese reemplazar a Melia.
—¿TenÃan osos? ¡Oh!, ¡cuéntanos, cuéntanos qué hacÃan! —exclamó Bab alborozada. Ella tenÃa pasión por los animales.
—Buck era dueño de cinco osos —malos bichos— y los exhibÃa. Por divertirme me puse a jugar con ellos en cierta ocasión y a Buck se le ocurrió que serÃa toda una sensación que yo los presentara ante el público. Pero los osos muerden y arañan, cosa nada agradable, y uno no puede saber nunca cuando están de buen humor o cuando tienen ganas de arrancarle la cabeza de un mordisco. Por esa razón Buck tenÃa el cuerpo cubierto de cicatrices y yo no querÃa que a mà me ocurriera lo mismo. Y me libré gracias a la intervención de la señorita St. John quien se puso de mi parte.