Bajo las lilas

Bajo las lilas

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—¿Dormiste bien? —preguntó la señora Moss, dándole la bienvenida tenedor en mano.

—¡Ya lo creo!… Jamás dormí en una cama mejor. Estaba acostumbrado a dormir sobre un colchón de heno y a cubrirme con la manta de los caballos, y últimamente, ni siquiera eso tenía: el cielo era mi único techo y la tierra mi mullida cama —bromeó Ben riéndose de las penurias pasadas y agradecido de las comodidades que le brindaban.

—El heno no es lecho malo para los huesos jóvenes, aunque a éstos los cubra tan poca carne como a los tuyos —comentó la señora Moss dándole un cariñoso golpecito en la cabeza al pasar a su lado.

—En nuestra profesión no se tolera la gordura. Cuanto más delgado más ágil para bailar sobre la cuerda floja o saltar en los trapecios. Músculo es lo que se necesita, y ahí lo tiene usted…

Ben estiró su bracito delgado como un alambre, el puño cerrado con la actitud de un joven Hércules dispuesto a jugar a la pelota con la cocina si le daban permiso para ello. Contenta de verlo de tan buen humor la señora señaló el pozo que estaba afuera y dijo amablemente:

—Bien, prueba tus músculos trayendo agua fresca.


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