Bajo las lilas
Bajo las lilas Ben buscó el balde y corrió decidido a ser útil: y mientras aguardaba que el balde se llenara miró a su alrededor y se sintió complacido por todo lo que viera: la pequeña casita rojiza con un penacho de humo que salía por la chimenea, las dos hermanitas sentadas al sol, las verdes colinas, por aquí y por allá, campos recién sembrados, un arroyuelo que atravesaba saltando la huerta, pájaros que cantaban en la avenida de los olmos y toda la tierra cubierta de ese hermoso color verde que sólo se ve a principios del verano.
—¿No te parece esto muy bonito? —preguntó Bab cuando la mirada del niño, después de su prolongado recorrido en que pareció querer abarcarlo todo se detuvo sobre ella.
—¡Jamás he visto sitio más hermoso! Sólo se necesitaría un caballo que anduviera dando vueltas por aquí para que el cuadro fuese completo —contestó Ben al mismo tiempo que tiraba de la larga soga que subía el balde lleno de agua.
—El juez tiene tres, pero los cuida tanto que ni siquiera nos deja acercarnos a ellos y arrancarles tres pelos de la cola para hacer anillos —se quejó Betty cerrando su libro de aritmética.