Bajo las lilas

Bajo las lilas

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—Cuando el juez no está en casa y Mike los lleva al bebedero, me deja a menudo montar el caballo blanco. ¡Es tan divertido pasearse sentada sobre su lomo, bajar hasta el valle y luego regresar!… ¡Yo adoro a los caballos!… —exclamó Bab saltando en el banco tratando de imitar los movimientos de Jenny, la yegua blanca.

—Me parece que eres una niña muy valiente. —Y Ben dirigió a Bab una mirada de aprobación al pasar a su lado sin olvidarse por eso de salpicar con agua a la señora Puss que arqueó el lomo y mostró las uñas al ver a Sancho.

—¡Al tomar el desayuno!… —llamó la señora Moss; y por espacio de veinte minutos poco se dijo, pero en cambio el cereal y la leche desaparecieron con tal rapidez que hasta Jack el gigante, de la bolsa de cuero, se habría asombrado de ello.

—Ahora, niñas, a volar a hacer vuestros quehaceres. Tú, Ben, ve y corta un poco de leña; yo arreglaré la casa. Luego saldremos todos juntos —dijo la señora Moss al mismo tiempo que se esfumaba el último bocado y Sancho se relamía los bigotes saboreando las migas que de su parte se le habían caído.


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