Bajo las lilas
Bajo las lilas Ben se puso a cortar leña con tanto entusiasmo que las astillas volaban a su alrededor y cubrían el piso de la leñera; Bab acomodaba con peligrosa rapidez las tazas sobre una bandeja y Betty barría levantando una nube de polvo en tanto que la madre parecía estar en todas partes a la vez. Hasta Sancho que comprendía que su destino se hallaba unido al de esta gente procuraba ayudar a su modo: ora brincaba alrededor de Ben a riesgo de que le cortaran la cola, ora corriendo a meter la nariz por los armarios y habitaciones que la señora Moss abría y cerraba en sus rápidas evoluciones por toda la casa, ora arrastrando el felpudo para que Betty lo cepillase o, parado sobre las patas traseras, inspeccionando los platos que lavaba Bab. Y si lo echaban no se ofendía sino que se iba a ladrar a Puss, refugiada en un árbol, espantaba a las gallinas o enterraba con cuidado un zapato viejo donde ya había escondido un hermoso hueso de cordero.
Cuando todos estuvieron preparados, Sancho, tranquilo ya, trotó detrás de la comitiva como un perro bien educado y acostumbrado a pasear con damas. Se separaron al llegar a un cruce de caminos: las niñas corrieron a la escuela mientras la señora Moss y Ben subían la colina hasta la casona del señor alcalde.