Bajo las lilas

Bajo las lilas

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—No te asustes, muchacho; yo me ocuparé de contarle por qué has escapado. Si el señor alcalde te emplea, dale las gracias y procura ser juicioso y trabajador. No me cabe la menor duda de que si así lo haces progresarás —manifestó ella al mismo tiempo que hacía sonar la campanilla de una puerta lateral sobre la, cual brillaba escrito con grandes letras un nombre: MORRIS.

—¡Adelante! —chilló una voz áspera, y Ben, aunque se sentía como si fueran a sacarle una muela, siguió dócilmente a la buena mujer, la cual esbozaba su más agradable sonrisa ansiosa de causar buena impresión.

Un anciano caballero de cabeza blanca que leía un diario sentado en un sillón, dirigió a, los recién llegados una mirada escrutadora por sobre sus anteojos y dijo con un tono rudo que habría atemorizado a quien ignorase que bajo su amplio chaleco se ocultaba un gran corazón.

—¡Buenos días, señora! ¿Qué le trae hoy por aquí? ¿Acaso ha pillado a algún ladronzuelo robándole sus pollos?

—¡Por Dios!… No, señor —exclamó la señora Moss sobresaltada. En seguida, en pocas palabras, le relató la historia de Ben y con un tono tan patético refirió las penurias y el abandono del muchacho, que logró despertar el interés del juez y conmover al mismo Ben como si no fuera de él de quien estaba hablando.


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