Bajo las lilas
Bajo las lilas Comenzó sin intenciones de ponerse a estudiar y no se dio cuenta que era eso lo que estaba haciendo cuando leía los libros que sacaba de la biblioteca. Pero las pequeñas lo interrogaban acerca de lo que ellas sabían, y él se sintió mortificado al descubrir cuán ignorante era. No lo dijo, mas recibió muy contento cuanto ellas le transmitían de su pequeña sabiduría. Deletreaba palabras «sólo para que Betty se divirtiera»; dibujaba para Bob todos los osos y tigres que le pedía a condición de que ella le enseñase a hacer sumas sobre las lajas, y a menudo se entretenía durante sus solitarios paseos repasando en alta voz la tabla de multiplicar como lo hacían las niñas. El martes por la noche, el alcalde le pago un dólar, le dijo que era «un buen muchacho» y que podía quedarse una semana más si lo deseaba. Ben dio las gracias y pensó quedarse, pero a la mañana siguiente, después de haber levantado las barras del portón, se sentó en lo alto de la verja a estudiar sus perspectivas, pues le molestaba la idea de tener que soportar la compañía del grosero Pat. Como la mayoría de los muchachos odiaba el trabajo, a menos que éste fuese de su gusto; en ese caso era capaz de trabajar como un castor sin cansarse nunca. Su vida errante no le había permitido adquirir hábitos de disciplina, y no obstante ser un niño excepcionalmente dotado para sus años, le gustaba demasiado vagar y gozar de una vida variada e interesante.