Bajo las lilas

Bajo las lilas

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Sancho daba muestras de compartir esa inquietud porque ladraba, saltaba y corría un trecho: luego regresaba y se sentaba a los pies de su amo a quien miraba con ojos inteligentes que parecían decir: «Vamos, Ben, escapemos por ese alegre camino para no detenernos hasta que nos rinda el cansancio». Pasaban las golondrinas, blancas nubes volaban conducidas por el fragante viento del oeste, una ardilla corrió a lo largo del muro, todo respondía al deseo del niño de tirar la carga y correr libre como ellos. Una cosa lo detenía: la idea de que la señora Moss lo considerara un ingrato y que las niñas sufrieran al perder a sus dos nuevos compañeros de juego. Mientras así pensaba, algo sucedió que impidió que hiciera aquello de lo cual se habría arrepentido, sin duda, más adelante.

Los caballos habían sido siempre sus mejores amigos, y uno de ellos llego trotando a prestarle un servicio; mas él no lo supo hasta mucho tiempo después. En el momento en que iba a dar un salto para lanzarse al camino el sonido de los cascos de un caballo al que no acompañaba ruido alguno de ruedas le obligó a aguzar el oído; se mantuvo quieto y ansiosamente observo quién llegaba a ese paso.




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