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—No arruines el plan, Alice. Pasaré todas las semanas mientras tú estés aquí, y me aseguraré de su éxito —asintió el caballero, para agregar en voz más alta—: Estas fresas son muy buenas; quiero que día por medio lleven cuatro kilos a la granja de Miller, que está allá. ¿La conocen?

—¡Sí, señor! ¡Sí, señor! —respondieron dos voces anhelantes, pues las niñas imaginaron que estaba a punto de descargarse una lluvia de medios dólares.

—Yo vengo todos los sábados y parto los lunes, y las buscaré aquí. Pueden dar tanta agua como gusten a las ovejas. Les hace falta, pobres bestias —agregó el anciano.

—¡Lo haremos, señor, lo haremos! —exclamaron las pequeñas, con tales expresiones de gratitud inocente y buena voluntad, que la joven señora se inclinó y las besó a las dos.

—Ahora debemos partir, querida, para no hacer esperar más a nuestros amigos —anunció el caballero, volviéndose hacia las cabezas que aún se movían entre los arbustos.

—¡Adiós, adiós!… ¡No olvidaremos las fresas ni las ovejas! —gritaron las niñas, mientras agitaban el delantal manchado como un estandarte y mostraban todos sus blancos dientes en las sonrisas de placer que dedicaban a sus nuevos amigos.


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