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«Ni yo a mis corderitos» —se dijo Alice, al tiempo que seguía a su padre en dirección al barco.

—¡Qué dirá mamá cuando se lo contemos y le mostremos tanto dinero! —exclamó Tilda, mientras echaba los centavos en su regazo y, arrobada, hacía tintinear los medios dólares antes de guardarlos de nuevo.

—Ojalá no nos roben durante el regreso a casa… Será mejor que los guardes en tu pecho; si no, alguien podría verlos —sugirió la prudente Patty, oprimida por la responsabilidad de tanta riqueza.

—¡Allá va el barco! —exclamó Tilda—. ¿No te parece hermoso? Y esas son las personas más simpáticas que he visto en mi vida.

—Ella es de lo más elegante… Ojalá tuviera yo un vestido blanco y un sombrero como ese. Cuando me besó, sentí en la mejilla esa pluma larga, tan suave como el ala de un ave, y su cabello era rizado como el retrato que recortamos del diario —agregó Patty, mientras seguía el barco con la vista, como si le resultara delicioso aquel toque de misterio en su vida de trabajo.

—Deben ser muy ricos para querer tantas fresas… Tendremos que darnos prisa para recoger bastantes para ellos y los pasajeros del tren. Vamos ahora mismo a ese sitio denso que dejamos esta mañana; si no, Elviry es capaz de adelantársenos —propuso la práctica Tilda, mientras se incorporaba dispuesta a aprovechar la ocasión.


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