!Bee! !Bee!
!Bee! !Bee! Siguió una semana de mucho trabajo y calor, pues las fresas eran entregadas puntualmente en la granja y éxitosamente vendidas en la estación, y, lo mejor de todo, las ovejas recibían toda el agua que podían reunir dos baldes y dos niñitas. Todos los demás las olvidaron. El señor Benson estaba muy ocupado en la ciudad lejana; la señorita Alice pasábase el día paseando, navegando y merendando, y los hombres del depósito no tenían órdenes de cuidar a las pobres bestias. Pero Tilda y Patty nunca las olvidaron, y bajo la lluvia o el sol, allí estaban a la llegada del tren, esperando hacer cuanto podían, con sus baldes colmados, manojos de pasto o ramas verdes, para reconfortar a los sufrientes viajeros en los que nadie pensaba.
Los toscos conductores de diligencias se reían de ellas; los guardafrenos las echaban, y el jefe de estación afirmaba que eran unas, «tontitas», pero nada desanimaba a las pequeñas hermanas de caridad, a quienes no tardaron en dejar tranquilas. Sus brazos se cansaban de levantar los baldes; les dolían las espaldas de tanto transportar agua, y su madre no les permitía ponerse otra cosa que sus ropas más viejas para esa tarea, de modo que sufrían lo suyo, pero cumplían con valor y sin esperar agradecimiento alguno.