!Bee! !Bee!
!Bee! !Bee! Aquellas dos niñitas harapientas, que trotaban colina abajo dejando atrás una nube de polvo, no parecÃan heroÃnas ni mucho menos. TenÃan los pies descalzos, arañados y sucios; las manos rojas por las manchas de fresas, y sus caras pecosas brillaban de calor bajo sus sombreros. Pero Patty y Tilda se disponÃan a cumplir una buena acción, y absortas en su misión se dirigÃan presurosas a la estación, donde venderÃan fresas.
Sus lenguas se movÃan con tanta rapidez como sus pies, pues aquélla era una gran expedición y las dos estaban muy excitadas al respecto.
—¿No te parecen hermosas? —preguntó Tilda, mientras observaba orgullosa la carga de su hermana al detenerse a cambiar una pesada cesta de un brazo al otro.
—¡Absolutamente deliciosas! Sé que la gente las comprará si no tememos ofrecerlas —asintió Patty, mientras ella también se detenÃa para acomodar las dos docenas de cestitas de abedul, llenas de grosellas rojas, que llevaba bien arregladas en una bandeja adornada con cornejos escarlatas, siemprevivas blancas y hojas verdes.