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—Yo no temeré… Iré sin detenerme y gritaré bien fuerte, ya verás. Tengo que conseguir nuestros libros y botas para el próximo invierno, así que no dejes de pensar qué lindos serán y sigue adelante —dijo la intrépida Tilda, que encabezaba la expedición.

—Date prisa… Quiero tener tiempo para regar los ramilletes, así estarán frescos cuando llegue el tren. Espero que en él vengan muchos niños, que siempre quieren comer, según dice mamá.

—¡Qué malvada fue Elviry Morris al ir a vender al hotel más barato que nosotras, y arruinar así nuestra venta! Sin duda deseará haber pensado en esto cuando le contemos lo que hicimos aquí.

Y ambas niñas rieron satisfechas mientras avanzaban trabajosamente, sin pensar ni por un momento en los dos kilómetros calurosos y polvorientos que debían recorrer.

La estación hallábase fuera de la aldea, y los largos trenes con su carga de veraneantes que iban a las montañas se detenían allí una vez al día para esperar las diligencias que iban hacia diversos puntos de la región. Era un lugar agradable, con una gran laguna a un costado, y exuberantes bosques al otro, mientras que a la distancia se vislumbraban los picos grises y verdes laderas que invitaban a los cansados viajeros de la ciudad a acercarse a ellos y reposar.


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