!Bee! !Bee!
!Bee! !Bee! Todos parecían satisfechos al bajar durante los diez minutos de parada, aunque su viaje no hubiera concluido todavía; y mientras tanto gozaban del aire puro proveniente de la laguna, o presenciaban la carga de las diligencias, Tilda y Patty se proponían ofrecer sus tentadoras cestitas de frutas y flores frescas. Era un gran esfuerzo, y sus corazones latían de esperanza y temor infantiles al llegar a la vista de la estación, donde no se veía a nadie, salvo a los joviales conductores de diligencias, que descansaban a la sombra.
—Hay tiempo de sobra. Vamos a lavarnos y beber un trago de agua en la laguna; la gente no nos verá detrás de esos vagones —propuso Tilda, deseando ocultarse hasta la llegada del tren, puesto que aún su valor parecía abandonarle al aproximarse el momento culminante.