!Bee! !Bee!
!Bee! !Bee! En una vÃa lateral, un largo tren de ganado esperaba el paso del otro; y mientras las niñas hundÃan los pies en el agua fresca o bebÃan de sus manos, un sonido lastimoso llenó el aire. Cientos de ovejas, que apretujadas en los vagones sufrÃan agonÃas a causa del polvo, el calor y la sed, asomaban sus pobres hocicos entre los barrotes, balando frenéticas, pues el ver tanta agua, tan cercana y al mismo tiempo tan imposible de alcanzar, las enloquecÃa. Las que estaban más alejadas y no alcanzaban a ver el lago azul, podÃan olerlo, y repetÃan el grito hasta despertar ecos en el bosque, al punto que los mismos conductores indiferentes comentaron compadecidos:
—Este dÃa caluroso resulta duro para los pobres animales, ¿no?
—¡Oh, Tilda, óyelas balar y mira cómo se agrupan de este lado para llegar al agua! Llevémosles un poco en nuestros jarros. Tener sed es espantoso —exclamó la bondadosa Patty, mientras llenaba su jarro y corrÃa a ofrecerlo al más cercano de aquellos hocicos estirados.