Detras de la mascara
Detras de la mascara —Jean Muir —respondió Coventry absorto en la escena.
—¡Eso es imposible! Ella es bajita y rubia —protestó Lucía, pero un «¡calla y déjame mirar!» de su primo silenció sus palabras.
Parecía imposible, pero era cierto. Jean Muir era esa figura inmóvil. Se había pintado la piel y las cejas, y además había colocado varios mechones negros sobre su cabellera rubia, lo cual aportaba tal intensidad a su mirada que sus ojos se oscurecieron y agrandaron vivamente como los de una mujer sureña. El odio más profundo y amargo aparecía pintado en su severo pero hermoso rostro, su mirada denotaba valor, y la nerviosa presión de la delicada mano que sujetaba el arma revelaba el poder y la voluntad inquebrantable de esa mujer. Incluso la firme presión de sus diminutos pies ocultos tras la piel de tigre expresaba tal resolución.
—¿No está estupenda? —preguntó Bella en voz baja.
—Da la impresión de que, en un momento dado, esa mujer sabría utilizar la espada —comentó un espectador con gran admiración.
—Buenas noches a Holofernes[2]; su destino está escrito —añadió otra voz.
—Con esa barba, se parece mucho a Sydney.
—¿No transmite la impresión de odiarlo profundamente?