Detras de la mascara

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Al cabo de media hora, cuando el grupito se dispersó, la señorita Muir se unió a ellos con su discreto vestido de siempre. Parecía más pálida, dócil y triste de lo normal. Coventry reparó en este detalle, aunque no se dirigió a ella en ningún momento. Lucía también se percató de este hecho, y le encantó que esa joven tan peligrosa hubiera vuelto al lugar que le correspondía, porque por esa noche ya había sufrido bastante. Intentó coger a su primo por el brazo mientras paseaban por el jardín, pero él se mostró, como casi siempre, taciturno, y todos los intentos de Lucía para iniciar una conversación fueron en vano. La señorita Muir caminaba sola entonando una canción mientras seguía a la pareja en pleno anochecer. ¿Estaría Gerald tan callado porque quería escuchar esa cancioncilla? Lucía estaba convencida de ello, y sintió que su desagrado hacia la institutriz se tornaba rápidamente en odio.

Cuando los jóvenes amigos se marcharon, y la familia se daba las buenas noches, Jean se sorprendió al ver que Coventry le ofrecía la mano por primera vez desde que se conocieron. Entre susurros y la atenta mirada de Lucía, Gerald le susurró:

—Aún no te he dado mi consejo.

—Gracias, pero ya no lo necesito. He tomado una decisión.

—¿Puedo preguntar cuál es?

—Enfrentarme a mi enemigo.


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