Detras de la mascara

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—Ya se lo contaré después, señor —y abriendo el libro, Jean leyó durante un rato. Pero su encanto habitual había desaparecido; la voz de la lectora estaba carente de energía, y el rostro del oyente no delataba interés, con lo cual éste dijo de forma brusca:

—Por favor, querida, espera. No puedo escucharte con la mente dividida. ¿Qué te preocupa? Cuéntaselo a tu amigo, y permíteme ofrecerte mi ayuda.

Cuando sus palabras amables hicieron mella en ella, Jean dejó caer el libro, se tapó la cara con las manos y lloró con tanta amargura que sir John se preocupó, ya que una escena como ésa resultaba doblemente conmovedora en alguien que es la amabilidad y la compostura personificadas. Mientras trataba de tranquilizarla, sus palabras denotaban cada vez mayor ternura, su solicitud se convirtió en algo más que una típica preocupación paternal y su amable corazón se llenó de compasión y afecto hacia esa joven apenada. Cuando ella se hubo calmado un poco, sir John le instó a ser franco con él, prometiéndole ayuda y consejo, fuera cual fuera el dolor que sintiera o el error que hubiera cometido.

—Es usted muy amable y generoso. ¿Cómo puedo ser capaz de marcharme y abandonar a mi única amistad? —suspiró Jean mientras se secaba las lágrimas y le miraba con ojos llenos de agradecimiento.


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