Detras de la mascara
Detras de la mascara Poco a poco, y con actitud firme, Jean leyó y repasó la carta. Luego se sentó sin decir ni hacer nada mientras fruncía el ceño absorta en sus pensamientos. Después respiró hondo, rompió la nota en mil pedazos, se levantó, y se dirigió lentamente hacia la mansión Hall repitiéndose a sí misma: «¡Tres días, sólo tres días! ¿Qué puedo hacer en tan breve espacio de tiempo? Tendré que apañármelas con algo de voluntad e ingenio, porque ésta es mi última oportunidad. Si me falla, no podré regresar a mi antigua vida, sino que seré testigo de mi final».
Jean apretó los dientes y cerró las manos formando un puño, como si un desagradable recuerdo se hubiera apoderado de ella mientras avanzaba entre la luz del atardecer. Descubrió que sir John la estaba esperando para darle una cálida bienvenida.
—Pareces cansada, querida. Será mejor que esta noche no leas. Deja el libro por una noche y descansa —comentó él con amabilidad después de haber reparado en su aspecto cansado.
—Gracias, señor. Estoy agotada, pero prefiero leer, de lo contrario no podré acabar el libro antes de marcharme.
—¡Marcharte! ¿Adónde vas? —preguntó sir John al sentarse con visible ansiedad.