Detras de la mascara
Detras de la mascara —No, señor —respondió la institutriz de forma inesperada.
—¿Y por qué no? —quiso saber sir John, sorprendido. De pronto, percibió que sus emociones de ira se convertÃan en algo mucho más placentero.
—Porque no puedo ser hija suya; y aunque pudiera serlo, no serÃa muy acertado, porque se rumorearÃa que usted no tiene edad adecuada para ser el padre adoptivo de una joven como yo. Sir John, aunque soy joven, también soy una persona de mundo, y estoy convencida de que este plan no es factible. Pero se lo agradezco desde lo más hondo de mi corazón.
—¿Qué vas a hacer, Jean? —preguntó sir John después de una pausa.
—Me iré a Londres y trataré de encontrar otro empleo en el que no pueda causar ningún daño.
—¿Crees que te costará encontrar otra casa?
—SÃ. No puedo pedirle referencias a la señora Coventry cuando, sin pretenderlo, he causado tanto dolor a su familia. Y lady Sydney se ha marchado, de modo que no me quedan más amigos.
—Excepto John Coventry. Yo me ocuparé. ¿Cuándo te marchas, Jean?
—Mañana.