Detras de la mascara
Detras de la mascara Coventry no pudo articular palabra, y se quedó observando a la joven con una mirada inquieta, consciente de la fascinación que causaba en él, aunque eso no le había reportado ninguna felicidad. Una agradable pero febril emoción se apoderó de él. Era una especie de temeridad que le obligaba a borrar el pasado de forma inmediata y sustituirlo por nuevas experiencias provocadas por la pasión. Jean le miró con un rostro melancólico, casi afligido, durante unos breves instantes. Después, una extraña sonrisa rompió el hechizo, ya que empezó a hablar con un tono irónico de voz que traslucía cierta maliciosidad y la amargura de una triste verdad. Coventry parecía muy sorprendido por esta reacción de la joven, y desplazó su mirada del misterioso rostro de Jean a una ventana tenuemente iluminada detrás de cuyas cortinas la pobre Lucía escondía su corazón herido y rezaba las tiernas oraciones que dedican las mujeres que aman a aquellos cuyos pecados son perdonados en virtud de ese amor. Su corazón latía compulsivamente, y un breve sentimiento de repulsión se apoderó de él al mirar a Jean. La joven se dio cuenta de ello y no le gustó, pero al mismo tiempo sintió cierto alivio. Ahora que se había procurado su propia seguridad, no sentía la necesidad de causar ningún daño, sino que experimentaba un deseo de deshacer lo que había hecho y de hacer las paces con el mundo. Para recordarle su lealtad, Jean suspiró y avanzó un paso pronunciando suave pero fríamente: